Desde el callejón

Hacía casi diez años que no presenciaba un encierro en directo. Las 8 de la mañana es demasiado pronto para madrugar, y demasiado tarde para aguantar despierto después de un día de fiesta. Esta vez, para forzarme a acudir a la cita con el toro, decidí comprar entradas para la plaza en vísperas.

Las vistas desde el coso no tienen nada que ver a las que se disfrutan desde un balcón de la Estafeta, pero el ambiente es mucho más festivo. Las gradas se cubren de blanco y rojo mientras la banda anima desde el centro del ruedo a golpe de txistu y tamboril. “Paquito el chocolatero” o “Ave María” de Bisbal, caldean y amenizan la espera hasta la llegada de los astados. La gente, de pié sobre sus asientos, no para de bailar y de corear los compases de la banda, que finalmente, cambia su formación y comienza a desfilar en círculo alrededor del ruedo. La “ola” recorre por enésima vez la grada. Desde barrera a andanada, los pamplonicas elevan sus manos hacia un sol, que ya alcanza el borde de la cubierta. Finalmente, la banda se retira y deja paso a los gritos de “Hola Don Pepito, hola Don José”, enfrentados desde el callejón a la puerta de chiqueros.

Apenas falta un minuto para las ocho en punto. Se guarda silencio. El gentío mira sus relojes o pregunta al compañero ¿Cuánto falta?. La espera tensa, sólo se rompe con el estallido del cohete que marca la salida de las reses desde los corrales de Santo Domingo. El silencio sólo se rompe por el segundo cohete que anuncia la salida de todas las reses y de los mansos de cola. La emoción va en aumento. La gente se retuerce en los asientos intentando entrever la llegada de los toros. Los primeros mozos que entran al coso, son recibidos con un caluroso “hijodeputa”. El reguero de mozos aumenta y entre ellos, Osbornes y cabestros confundidos por su pelaje. La manada enfila el callejón y un último cohete apenas se escucha entre el estruendo de aplausos de la monumental de Pamplona. Eso es el encierro, eso es San Fermín en apenas dos minutos.