Diciembre en Oro, Incienso y Mierda

Comienza el mes de Diciembre. Un mes que práctimente tiene tantos días como fiestas. Las ciudades se iluminan con coloridas bombillas que imitan campanas o dibujan mensajes de felicidad en lenguas ajenas. En las plazas más representativas de cada ciudad, se plantan grandes árboles navideños, en actos en los que no falta la foto del alcalde talándolo en algún bosque situado sobre los planos de alguna urbanización: El sueño de cualquier ecologista y de los operarios encargados de colocar los adornos a 30 o 40 metros de altura bajo el frío invernal.

A menor escala, la gente llena de bombillas y árboles sus casas. Con tanta luz colorida saliendo por terrazas y ventanas, Es Relativamente Facil Confundir Las Casas De Citas Con La Vivienda De Una Familia Mileurista, seguramente, morada de algún pequeño hijoputa terror de profesores y compañeros de estudio. Por las fachadas de los edificios y centros comerciales escalan figuras vestidas de rojo y blanco. A distancia, parece el mismísimo bombero torero el que se juega la vida intentando acceder por la fachada al salón en llamas. El efecto se disipa en la cercanía, al comprobar que no es más que el gordo de la coca-cola, el que cuelga de la fachada del puticlub como un judas. Afuera las gentes pugnan por acceder a cualquier tienda. Los comerciantes aprovechan la situación para extender su jornada a los 7 días de la semana. Los hay que incluso llegan a abrir comercios con fecha de caducidad, la misma que los polvorones y juguetes de bajo precio que venden. El objetivo es hacer caja, vender, vender…

Inmersos en esta locura, el padre de familia, el mileurista, el rico y el pobre, se encierran en atascos eternos, en colas infinitas, para conducir durante su día festivo (el que no trabaje en un comercio) hacia los grandes centros comerciales. Allí recorren pasillos y estanterías acumulando objetos en sus carros, quemando la banda magnética de sus tarjetas. Cuando parece que no queda nada más por ver, el marisco alcanza precios desorbitados, la carne y el pescado le siguen en esa escalada loca de la ambición. Al parecer no hay otros días, más ocasiones aparte de las señaladas en el calendario, para vivirlas en familia, para darse un capricho, para comer algo especial. Y así van saliendo, uno por uno, con sus monovolúmenes y subs diesel cargados, con la sonrisa pintada en el rostro, la euforia del primate cazador que protege y cuida de su familia… La felicidad comprada. La felicidad consumida. Felicidad con la que se comercia, a un precio demasiado elevado. La felicidad que viene envuelta en papel de regalo, en coloridas cajas; felicidad que se comienza a pagar a partir de Enero en (in)comodos plazos.