Los cuernos del caracol

Se nota que ya es primavera. Se nota en el sol y en las largas tardes que parecen no tener fin. Se nota en el atraso del horario de los telediarios, y en los árboles y jardines de la ciudad, pintados de verde y llenos de savia primaveral. Será por esto que el personal, incitado por todo este colorido y algarabía de la naturaleza, ha perdido totalmente la cabeza y hace cosas que dejarían estufepacta a la mismísima Cicciolina, por aquello de la falta de decoro.

Caminando de regreso hacia mi casa, a la salida de las maratonianas clases, llevo toda la semana (desde que finalizaron las lluvias) topándome con gente de lo más variopinta. Como la caminata es larga, me da tiempo a observarlos cuando caminan, intuir alguna de sus conversaciones o incluso acompañarlos durante un rato si nuestros caminos coinciden. De esta manera, he elaborado una pequeña clasificación de todos ellos que muestro a continuación.

En un primer grupo, tenemos a los chuletas. De edad joven, se caracterizan por llevar gafas de sol oakley o copias, con cristales de colores llamativos, normalmente puestas sobre la frente. Pendientes perforando su cuerpo, camisetas sin mangas o muy ajustadas para marcar su escuálido cuerpo construido a golpe de pastillazo durante el invierno y siempre acompañados de un vehículo de escasa cilindrada pero genuinamente transformado en una discoteca ambulante. Sólamente se concibe el halago y orgullo que muestran sobre dicha transformación si se parte de la base de que las pocas neuronas que les ha dejado vivas la cocaína están sometidas a la acción de las drogas permanentemente. Es común verlos en parejas, uno cambiando la música con medio cuerpo fuera del coche y otro liando un porro. Además sufren de un elevado índice de sordera, lo que les impulsa a modificar los escapes de sus coches y conducir con la música a volumen elevadísimo, cosa que incomoda especialmente al segundo grupo: los jubilados.

¡Qué podría decir de nuestros respetables abueletes!. Yo desde siempre he tenido una imagen de mis abuelos como personas entrañables y respetables. Educados, corteses, su presencia impone respeto, personas de sabias palabras y gran sentido común. Sin embargo los jubilados de hoy en día deshonran totalmente la figura de “El abuelo”, que con tanta intensidad interpretó Don Fernando Fernan Gomez. Los jubilados actuales pertenecen a la generación del “acid”. Portan sin ningún tipo de vergüenza camisetas de aquellas con la carita verde o extrañas frases que quedan ridículas al ser leidas en sus pechos. Otros con más publicidad que el mono de Fernando Alonso, exhiben bordados de marcas de bebidas refrescantes o alcoholicas tanto en sus camisetas como en sus horteras gorras a juego. ¿Dónde han quedado aquellos sombreros cordobeses, aquellas boinas?. El pantalón de tergal ha quedado obsoleto gracias al chándal de mercadillo, normalmente varias tallas más grande del que debiera ser su tamaño, que los hace parecer pequeños raperos octogenarios. Eso si, la camiseta siempre por dentro del pantalón y la chaqueta siempre abierta para que se marque bien la barriga, que la pensión será reducida, pero en esta casa siempre se ha comido solomillo de primera. Hasta reventar. Los jubilados se clasifican en dos subgrupos: Los “soportavallas” y los “andarines”.

Los soportavallas son aquellos que dedican el día a colocarse tras las vallas de las obras públicas a vigilar, analizar y sobretodo criticar, el proceso de la obra. Recientemente llegaron a protestar ante la alcaldesa por utilizar vallas cerradas en las obras de diferentes aparcamientos de la ciudad. Como los jubilados son de los pocos que todavía dan su voto, la alcaldesa ordenó rápidamente que abrieran orificios en forma de visores para que los jubilados soportavallas pudieran ejercer su labor con total libertad. Y digo labor y no afición, porque desde que comienza la jornada se apostan alrededor de las obras y permanecen allí durante todo el turno de los obreros. Además como las vallas los escudan, pueden realizar sus necesidades sin tener que abandonar su posición, no vaya a ser que algún homónimo les quite su puesto. Desde luego que ya tiene mérito el trabajo de los curritos, porque no sólo tienen que aguantar las broncas de su encargado, sino que además tienen que soportar las indicaciones y broncas de todo el personal que se aposta detrás de las vallas.

Los andarines son aquellos que circulan con paso rápido por todos los parques y arcenes de las carreteras poco transitadas que salen de la ciudad. Solos si son ellos, en grupos si son ellas, siempre con la chaqueta del chándal anudada a la cintura, gafas, gorra y una bolsa de plástico escondida en el pantalón, por si encuentran algo. Con su ritmo rápido parecen andadores de los 15 km marcha. Su único tema de conversación es la vuelta que han dado hoy, los kilómetros que harán mañana y sobretodo aquellos “esparraguicos” que encontraron en la cuneta de aquel camino, o las manzanas de la huerta de tal, que estaban tan a mano que no tuvieron más remedio que probarlas. Además suelen lucir zapatillas último modelo, y últimamente han abandonado los pesados transistores para sustituirlos por pequeños reproductores mp3, supongo que para poder revivir los discursos de Fraga o las canciones de “Los panchos”. Casi todos los “andarines” son prejubilados que tenían mil achaques durante su etapa laboral, pero “que han revivido” en cuanto les dieron el papel de la jubilación. Ellas, oliendo a cremas y a potingues, siempre van impecablemente peinadas y maquilladas para su caminata, y en cuanto salen de la ciudad se remangan la ropa y camisetas para tostar su piel. Siempre hay alguna que lleva una tartera con rosquillas, lo que establece una minicompetencia por ver quien lleva la merienda más sabrosa y nunca, bajo ningún concepto, paran de hablar.

Por último, el tercer grupo es el que denomino “deportistas de postal”. Inundan las aceras, los parques, los arcenes. Zapatillas último modelo, ropa “técnica”, gafas “de deporte”, gorras como las de los aventureros que van al sahara, pulsómetros, cantimploras rellenas con noseque líquido milagroso que adelgaza y repone mil cuatrocientos ácidos esenciales. Con sus enormes barrigas los ves subiendo escaleras sudorosos, cuando son incapaces de subir andando ni el escalón del portal. Se caracterizan por el cerco de sudor marcado en la camiseta, alrededor de las axilas, espalda y pecho. Como caracoles, salen con el sol de los gimnasios a los que se apuntaron después de los excesos de navidad y que abandonarán después de los excesos de semana santa. O cuando un colega les cuente que el método “más in” para estar en forma ya no es el Pilates, si no el de los masajes del griego, de esos de a diezmil la media hora. Los que están en peor forma se forran con chubasqueros para aumentar la sudoración, implorando a San Miguel Induráin que los convierta en sílfides en el medio mes que queda. Antes de que Abril amenace de nuevo con lluvias y Junio sea demasiado caluroso como para salir a la calle. Se esfuerzan por conseguir un cuerpo que no es el suyo, y como la estupidez se comparte, pueblan las calles como una plaga durante medio mes. En mayo los deportistas, en junio las moscas, en julio los guiris y el resto del año, los estorninos.