Por Pamplona

Apenas aterricé en Pamplona ya estaba helado de frío. El hangar que hace la función de terminal del aeropuerto Noain-Pamplona, no hace más agradable la llegada de los viajeros que allí llegan entre resvalones con el hielo y genuflexiones. Se dice que el difunto Papa Juan Pablo II, comenzó a besar el suelo de los aeropuertos a partir del viaje que hizo a la capital Navarra y no me extraña, pues es este aeropuerto tiene la particularidad de que se aterriza con el freno de mano echado, la marcha atrás y los pasajeros de cola sacando trapo por las ventanillas para frenar el avión antes de que se acabe la pista.

Tras la azarosa llegada, tuve la necesidad de pasar por los garitos de siempre para recuperarme del susto. El out of time sigue oliendo a casa de Bruno y poniendo las cervezas a Euro. No estaba el Txino, pero si el Aguacilillo y sus secuaces preparando alguna liada. El Singular como siempre, lleno hasta arriba, y con Iñigo preparando buenos brebajes para el personal. Noté el cambio de Dj pero no se puede tener todo ¿no? Seguí mi gira por el Woodstock y después sólo me acuerdo de caminar y caminar bajo el frío durante horas, o al menos eso me pareció a mí y a mis agujetas del día siguiente.

El sábado, más tranquilo, estuve cenando el peor chuletón que he comido en mi vida. Fué en un garito llamado “El mesón del barro” y allí competían en maldad carne y servicio. Del chuletón aún guardo su dureza y mal sabor en mi boca, pero la camarera siempre permanecerá en mi memoria gracias a su lapidaria sentencia:
-”En los menús de sidrería sólo se puede pedir o vino o sidra”. Habíamos pedido 7 menús y fué complicado explicarle que podía poner sidra para 3 menús, vino para 2 y traernos dos botellas de agua.