San Fermín

Las tardes de Julio en Pamplona son extrañas. Tan pronto hace un calor bochornoso, como se instalan las nubes en la cuenca y descargan las lluvias. Este clima a mi me aletarga. Me entristecen las tardes de lluvia y me soporizan las tardes calurosas. Cuando el mercurio supera con creces la marca de los treintaytantos, apenas quedan sitios en los que soportar el calor no se convierta en una quimera. Las piscinas se abarrotan, los parques y sus sombras se cubren de toallas sobre las que la gente se da baños de sol mientras conversan. Los centros comerciales se pueblan de gentes que se benefician del aire acondicionado y ultiman sus compras de rebajas. Y en esas estaba yo, curioseando entre los estantes de ropa, cuando he caído en la cuenta de que, mañana, comienzan las fiestas de San Fermín.

No ha sido ni el vallado, ni los escaparates cubiertos de prendas blancas y rojas. Ni la urgencia de los rezagados o recien llegados -ya no se distingue al foráneo del nativo- abalanzándose sobre los estantes repletos de todo lo necesario para vestir el uniforme festivo. No ha sido la tradicional tómbola de cáritas que lleva sorteando vajillas desde finales de mayo en el Paseo de Sarasate. Ni siquiera, el colorido de los feriantes apostados entre Yangüas y Miranda y la Misericordia, con sus norias, tómbolas y coches de Choque. Han sido las colas en las puertas de los bancos y en los supermercados, los que han tocado la alarma de la víspera de San Fermín.

Del 6 al 14 de Julio, la ciudad se paraliza. Pamplona es fiesta y quien no quiera vivirla, no tiene más remedio que huir a la playa de Pamplona -Salou- o volverse al pueblo. No hay Pamplonés que no necesite sentir, aunque sea por unas horas, el bullicio y la Jarana. También los hay que aprovechan para hacer caja. Camareros venidos de todas las partes de la geografía, hacen su agosto en 8 días. Bares y chiringuitos suben sus precios. Las Txarangas afinan sus instrumentos para una semana en la que no habrá tregua y equipos de limpieza y personal sanitario se refuerzan para mantener controlada la ciudad en estos días. Y lo mismo que llegan turistas, llegan los amigos de lo ajeno, que aprovechan para desvalijar casas y carteras a ritmo de “Riau Riau”.

Hay años en los que acabo por no soportar los ruidos incesantes durante todo el día y la noche. El olor a orina que emana de todos los rincones. Los parques llenos de gente durmiendo al raso. Las calles totalmente colapsadas. Los coches sobre las aceras. Las colas en los cajeros. La etílica felicidad de los borrachos. Pero entonces me pregunto: ¿Se puede llegar a ser Feliz en este mundo, sin haber conocido, aunque sea por unas horas, las fiestas de San Fermín?